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¿Qué significa el restablecimiento de relaciones y qué podemos esperar del gobierno Santos? PDF Imprimir E-mail
Viernes, 03 de Septiembre de 2010 21:16


santos-chavez.jpgEl martes 10 de Agosto el Presidente Chávez y el nuevo Presidente colombiano, Juan Manuel Santos, se reunían en Santa Marta (Colombia) y acordaban restablecer las relaciones bilaterales entre ambos países. Desde entonces hemos asistido a una insistente campaña en distintos medios de comunicación colombianos y venezolanos hablando de una nueva etapa en las relaciones colombo-venezolanas marcada por el diálogo, la buena vecindad y el respeto mutuo. Esto coincide con un giro táctico por parte de la burguesía colombiana tanto en política exterior como interior. El nuevo gobierno de Santos ha llamado a un acuerdo de unidad nacional a los partidos de oposición e incluso se llena la boca hablando de reforma política y social. ¿Significa esta reanudación de relaciones y las sonrisas y promesas de Santos que el nuevo gobierno colombiano va a ser cualitativamente distinto al anterior? ¿Podemos esperar los trabajadores venezolanos y colombianos que cumpla siquiera una mínima parte de lo que ha dicho?  Para los marxistas la respuesta es un rotundo no.


santos-chavez.jpgEl martes 10 de Agosto el Presidente Chávez y el nuevo Presidente colombiano, Juan Manuel Santos, se reunían en Santa Marta (Colombia) y acordaban restablecer las relaciones bilaterales entre ambos países. Desde entonces hemos asistido a una insistente campaña en distintos medios de comunicación colombianos y venezolanos hablando de una nueva etapa en las relaciones colombo-venezolanas marcada por el diálogo, la buena vecindad y el respeto mutuo. Esto coincide con un giro táctico por parte de la burguesía colombiana tanto en política exterior como interior. El nuevo gobierno de Santos ha llamado a un acuerdo de unidad nacional a los partidos de oposición e incluso se llena la boca hablando de reforma política y social. ¿Significa esta reanudación de relaciones y las sonrisas y promesas de Santos que el nuevo gobierno colombiano va a ser cualitativamente distinto al anterior? ¿Podemos esperar los trabajadores venezolanos y colombianos que cumpla siquiera una mínima parte de lo que ha dicho?  Para los marxistas la respuesta es un rotundo no.

 

¿Por qué un sector del imperialismo y la burguesía colombiana se ha distanciado de la actuación de Uribe?


En un reciente artículo, escrito en plena crisis con Colombia, titulado “Los planes imperialistas, las relaciones colombo-venezolanas y la defensa de la revolución” ya explicábamos porqué en nuestra opinión lo más probable en estos momentos no era una intervención militar contra Venezuela sino un desarrollo más similar al que estamos viendo. Como planteábamos en aquel artículo, la decisión de Uribe de lanzar una provocación contra Venezuela no contaba ni mucho menos con el apoyo unánime del imperialismo, ni siquiera de la burguesía colombiana. Por el contrario, era un reflejo más de las profundas divisiones que existen en el seno de ambos.


“Algunos periódicos estadounidenses, El País en España o la revista Semana en la propia Colombia (todos ellos enemigos jurados de la revolución venezolana) han llamado a rebajar la tensión y han criticado con mayor o menor dureza a su viejo amigo Uribe.  A todos ellos les interesa seguir con la campaña mediática contra Chávez y Venezuela, todos comparten la necesidad de ir preparando el terreno para -si en algún momento resulta posible e imprescindible tomar el camino del enfrentamiento armado o la violencia contra la revolución venezolana- poder hacerlo en las mejores circunstancias. Sin embargo, están preocupados por lo que consideran una provocación innecesaria en estos momentos y cuyas consecuencias no ven claras a corto plazo. Piensan que la estrategia de desgaste que habían adoptado respecto a la revolución venezolana estaba funcionando y puede ayudarles a tener un buen resultado en las próximas elecciones del 26 de Septiembre. No son partidarios de forzar más la máquina y arriesgarse a una espiral de polarización respecto a este tema que no saben cómo puede acabar; ni desde el punto de vista de los efectos a corto plazo en las elecciones legislativas venezolanas ni desde el de los efectos más a medio plazo sobre la estabilidad regional”(…)


“No es nada improbable que los mismos sectores del imperialismo que aceleraron la salida de Zelaya del poder apoyando el golpe de estado en Honduras hayan animado a  Uribe a dar un puñetazo en la mesa. Este sector podría temer que la táctica de Santos de llamar al diálogo con Venezuela, en vísperas de unas elecciones en Venezuela que se presentan muy abiertas y polarizadas, pueda tener un efecto desmoralizador sobre sus bases. En general, como demostraron los acontecimientos en Honduras, entre este sector crece la impaciencia y las dudas acerca de que la táctica que el imperialismo se ha visto obligado a llevar en Venezuela tras las derrotas que sufrió entre 2002 y 2004: sustituir el ataque frontal por una táctica de desgaste buscando una victoria electoral (al estilo de lo ocurrido en Nicaragua a finales de los 80) vaya a funcionar. Podrían haber pensado que la provocación de Uribe y un clima de tensión creciente en la frontera ayuda a más a sus planes de desestabilización. Aunque, como en el caso de su actuación en Honduras, los resultados pueden ser bastante diferentes a lo que pensaban y crearles nuevos problemas”


El principal problema para los imperialistas es que el movimiento revolucionario de las masas en Venezuela –pese al sabotaje contrarrevolucionario de los capitalistas y la burocracia- continúa y tiende a convertirse en un punto de referencia para los oprimidos de otros países. Ante el nuevo conflicto creado por Uribe, el sector más lúcido (y hoy por hoy mayoritario) del imperialismo ha considerado que una intervención militar contra la revolución bolivariana en estos momentos no es su única ni su mejor opción ya que crea más problemas de los que puede resolver. De hacerlo corrían el riesgo de desestabilizar todo el continente, agravar la crisis económica internacional y abrir un nuevo y complicadísimo frente cuando no han logrado cerrar los que mantienen abiertos en Irak y Afganistán.


Esto mismo es cierto para la burguesía colombiana. En sus filas existen contradicciones internas desde hace tiempo. Estas divisiones están vinculadas a un creciente malestar en el seno de las masas que ya se ha expresado en movilizaciones masivas y se unen los efectos de la crisis económica mundial sobre una economía muy dependiente de las exportaciones como la colombiana y al considerable impacto económico que ha tenido la ruptura de relaciones con Venezuela.


En un contexto donde  las garantías de éxito de una ofensiva frontal y directa contra la revolución venezolana no están nada claras y en el propio imperialismo hay dudas y contradicciones, los sectores decisivos de la oligarquía colombiana han optado -al menos por el momento- por intentar rebajar la tensión y recuperar las relaciones comerciales.  Eso sí, mientras lo hacen, siguen manteniendo su campaña mediática de calumnias contra  la revolución y preparándose para  un posible escenario de confrontación.


La situación política y económica de Colombia


Para analizar correctamente las perspectivas para las relaciones entre Venezuela y Colombia debemos partir de una evaluación concreta y dialéctica de la situación existente en ambos países. Tal y como hemos explicado los marxistas de la CMR, un primer elemento para comprender la situación política y social colombiana es el hecho de que –pese a la tremenda ofensiva contrarrevolucionaria y represiva, y la política criminal de la clase dominante- no han podido aplastar la organización, movilización y resistencia el movimiento obrero, los campesinos y la juventud.


Por el contrario, espoleado por los ataques contra sus condiciones de vida a lo largo de las últimas décadas - y animado por el contexto de ascenso de la movilización de las masas y giro a la izquierda en el resto de Latinoamérica, así como por las divisiones internas en el seno de la propia clase dominante- el movimiento obrero y popular en Colombia está recuperándose y ha protagonizado en los últimos años luchas muy duras y masivas, mostrando su enorme fuerza potencial. Esto recorta de forma importante el margen de maniobra de los enemigos de la revolución venezolana.


Otro elemento a considerar es como hemos dicho el económico. La crisis mundial está afectando de manera importante a la economía colombiana: 12,5% de desempleo, las mayores tasas de temporalidad, tercerización y pobreza del continente, crisis y prácticamente bancarrota de los sectores salud y educación…


A estos elementos debemos unir el golpe que ha supuesto para sectores importantes de la economía colombiana la caída de las exportaciones a Venezuela. Ésta representa el segundo mercado para la industria y agricultura colombianas, sólo superada por Estados Unidos y a bastante distancia de los demás. Particularmente, sectores  que tienen un peso considerable en la generación de empleo como la industria manufacturera, el  textil, o los sectores automotriz y alimentario, tenían en Venezuela uno de sus principales clientes. La emigración y remesas procedentes de Venezuela y el comercio  a través de la frontera (tanto legal como ilegal) también significan un rubro importante para la economía de muchos pueblos y regiones fronterizas. Aunque tanto los importadores venezolanos como los exportadores colombianos han intentado buscar alternativas,  la ruptura de relaciones y la consiguiente caída de intercambios comerciales entre ambos países ha tenido un impacto significativo, particularmente en la frontera. Una de las últimas medidas del gobierno Uribe antes de abandonar Nariño fue decretar la situación de emergencia económica en los departamentos fronterizos y anular temporalmente el IVA para toda una serie de productos. Más allá de la propaganda oficial hablando de recuperación y crecimiento económico para este año, esta situación prepara un escenario político y social potencialmente explosivo.


Cada uno de estos elementos por sí sólo tal vez no resulte determinante pero la combinación de todos alimenta las divisiones que ya existían dentro de la oligarquía y ha inclinado por el momento la balanza hacia una táctica de desgaste y no de ofensiva frontal.


Las divisiones en la oligarquía colombiana y el giro táctico de Santos (De la no reelección de Uribe a la “ola verde” y el “acuerdo nacional”)


Las divisiones en el seno de la oligarquía colombiana, que -como suele ocurrir en estos casos-  empezaron de un modo aparentemente accidental, combinando factores subjetivos (rivalidades y choques personales, afán de protagonismo de distintos dirigentes) con peleas entre distintas facciones por el control del estado y el reparto del botín que extraen a las masas, han ido adquiriendo una dinámica propia. Dicha dinámica se ha visto alimentada por una situación económica y política cada vez más complicada, la pugna en el seno de la clase dominante en torno a la tercera reelección o no de Uribe y el ya comentado aumento del malestar social.


Esta dinámica finalmente se les escapó de las manos  y desembocó en una crisis política abierta. Las denuncias acerca de la vinculación entre el gobierno y estado colombianos y el paramilitarismo, las sentencias judiciales confirmando la implicación de sectores de la burocracia  estatal y la cúpula militar en los desplazamientos forzados de población o el escándalo de los llamados “falsos positivos” (1) dejaron de ser patrimonio exclusivo de la izquierda y pasaron a ser debatidos en el parlamento y las Cortes de justicia, o denunciadas con pruebas y testimonios de sus protagonistas por medios de comunicación de la propia oligarquía. Esto agudizó los enfrentamientos en el seno de la clase dominante: entre el poder ejecutivo y el judicial, en el propio Parlamento, entre miembros de la Corte Suprema y de los servicios secretos y la cúpula militar, y hasta en el seno de los propios partidos uribistas avivando la lucha entre distintos clanes y camarillas por colocarse lo mejor posible ante una posible sucesión…Sobre todo, esta situación rompió el velo de honorabilidad que intenta levantar siempre a su alrededor la clase dominante e intensificó el cuestionamiento a sus políticas por parte de capas más amplias de la población.


Las divisiones interburguesas y el desgaste de Uribe, unido a la preocupación del imperialismo y sectores de la propia clase dominante colombiana por la creciente independencia, arrogancia y poder del círculo más próximo al Presidente, hicieron que los sectores contrarios a la reelección finalmente se impusiesen y se abriese una nueva lucha por la sucesión. Un sector de la clase dominante incluso coqueteó con la posibilidad de intentar una especie de recambio controlado al Partido de la U de Uribe y Santos pero finalmente cualquier opción en ese sentido resultaba inaceptable no sólo para la llamada narcoparaburguesía sino para otros sectores claves de la oligarquía y fue abortada.


Lo más interesante de la llamada “ola verde” surgida entorno al candidato Antanas Mockus, tal como analizaron los marxistas de la CMR en Colombia, fue como sectores importantes de las masas (especialmente la juventud y  la pequeña-burguesía pero también capas de trabajadores) intentaron agarrar lo que tenían a mano (las promesas confusas, contradictorias y abstractas de Mockus sobre transparencia, respeto a la vida y la constitución, lucha contra la corrupción, etc.)  para expresar sus ansias de cambio.


Las encuestas y el ambiente en la calle animaron a millones de personas que por primera vez en mucho tiempo vieron la posibilidad real de derrotar electoralmente al uribismo. Pero el ímpetu de la “ola verde” echó sal sobre las heridas que estaban abiertas dentro de la clase dominante.  No por Mockus sino por las masas que se movilizaban tras él y las consignas que empezaron a plantear, mucho más audaces y avanzadas de lo que los propios líderes del Partido Verde nunca pretendieron: justicia social, defensa de la educación y salud públicas, investigación y depuración de responsabilidades respecto al terrorismo de estado y la parapolítica, etc.  Particularmente, el ambiente de crítica al terrorismo de estado existente entre las bases verdes, y ya no digamos las crecientes demandas de investigación y castigo para sus responsables, se convirtieron en un punto especialmente sensible. Un sector muy amplio del aparato estatal y de la propia burguesía están implicados hasta el cuello en esas prácticas y no pueden tolerar ninguna investigación seria.


Finalmente, la inmensa mayoría de la clase dominante –por no decir todos sus sectores – decidieron cerrar filas en torno a Santos y miraron hacia otro lado mientras el Partido de la U recurría a todo tipo de maniobras e irregularidades para asegurar su victoria: compra de votos a través de sus redes clientelares, amenazas, guerra sucia en la propaganda e incluso un fraude electrónico en la transmisión de los datos cuyo alcance exacto es prácticamente imposible determinar.


No obstante, pese a su victoria, Santos y el sector de la clase dominante que le apoya han comprendido que necesitan marcar algunas distancias respecto a Uribe y llevar a cabo un cierto cambio de fachada para que nada cambie. Con su propuesta de acuerdo de unidad nacional, promesas de empleo, vivienda y justicia social, discursos sobre la paz y llamados al diálogo con Venezuela, Santos intenta ganar tiempo, desviar la atención de las masas de los graves problemas económicos, políticos y sociales que sufre el país, recomponer la maltrecha unidad interna de la clase dominante y evitar que todo el material explosivo acumulado bajo la superficie en la sociedad colombiana pueda estallar. Junto a ello, como  dijimos anteriormente, un aspecto nada desdeñable para un empresario como él es recuperar una parte de las exportaciones a Venezuela.

 

Dagas y sonrisas
 

Santos no sólo ha llamado a dialogar a Mockus y a todas las fuerzas políticas de oposición (incluidos los dirigentes más a la derecha del PDA, como su candidato en las últimas elecciones Gustavo Petro), ha ofrecido a varios de los candidatos que se le enfrentaron en las presidenciales posiciones en su gabinete y en distintas instituciones.  Tanto él como el Ministro del Interior, Vargas  Lleras, han prometido revisar algunos de los aspectos más cuestionados de la política de seguridad e incluso se ha llegado a hablar de la posible eliminación del DAS (policía secreta cuya imagen está muy deteriorada a causa de las escuchas contra la oposición y sus vínculos con el paramilitarismo). También se habla de una reforma de la burocracia del estado, una renovación de los jefes del ejército y la policía,  y en el terreno social de una reforma laboral “que cree empleo estable” y una reforma  del sistema de salud, que sufre una crisis muy profunda.


El simple hecho de que un Presidente que según los datos oficiales ha sido elegido con casi un 70% de los votos y cuyo partido tiene mayoría clara en el parlamento, tenga que recurrir a esta campaña de propaganda hablando de cambios, unidad nacional, diálogo, etc. es indicativo de la profundidad de las contradicciones internas y problemas que enfrenta.


Amparado en el control casi absoluto de los medios de comunicación que mantiene la burguesía en Colombia estos cambios cosméticos están siendo presentados como el principio de una reforma amplia. Según la revista burguesa Semana, “la reforma más ambiciosa desde la Constituyente de 1991”. Por supuesto, esto no es más que una gran cortina de humo, un viejo truco que las clases dominantes cuando sienten moverse el suelo bajo los pies suelen utilizar. Pero, al igual que le ocurre al imperialismo, una cosa son los planes y deseos de los burgueses y otra la realidad. Las primeras medidas de Santos no sólo no han logrado cerrar las fisuras abiertas en la clase dominante sino que han creado nuevas fricciones y contradicciones, incluso con gente tan próxima al nuevo Presidente como el propio Uribe y su círculo de confianza.


En la camarilla formada alrededor de Uribe durante estos últimos años se ve con creciente desconfianza tanto el giro táctico de Santos marcando algunas distancias respecto a determinadas políticas de su antecesor como varios de sus primeros nombramientos. Santos, intentando dar un mínimo de credibilidad a su llamado a la unidad y el diálogo,  ha buscado abrir el juego a sectores de la clase dominante que en la última etapa de Uribe adoptaron posiciones críticas hacia éste de forma pública y les ha propuesto para tareas de gobierno. Varios de esos nombramientos eran contrarios a los defendidos por la camarilla más cercana a Uribe. De momento son diferencias de matiz pero en un contexto tan contradictorio y cambiante podrían ir a más.


Con su provocación contra Venezuela, Uribe y su entorno se alinean con los sectores del imperialismo estadounidense más impacientes y partidarios de una táctica más agresiva y frontal contra la revolución, a los que siempre han estado estrechamente vinculados. Pero ,además, es bastante probable que estuviesen marcando su territorio y dejando claro a Santos y el conjunto de la clase dominante que siguen teniendo un poder e influencia importantes y deben ser tomados en cuenta a la hora de diseñar cualquier giro táctico  (ya no digamos estratégico) tanto en política interior como exterior.El hecho de que estas divisiones se hayan manifestado tan pronto y de un modo tan evidente refleja una vez más la contradicción entre los planes y objetivos de la clase dominante, por un lado, y por otro los límites que la correlación de fuerzas existente les impone  y los resultados que pueden conseguir.


El giro de Santos no sólo ha generado dudas y fricciones con la camarilla más próxima a Uribe. Entre algunos de los cuadros de la clase dominante y del aparato estatal (incluida la cúpula militar)  más directamente implicados en el terrorismo de estado y el paramilitarismo debe existir cierta inquietud. En distintas ocasiones a lo largo de su historia sectores de la clase dominante en Colombia y otros países  no han dudado en  soltar algo de lastre cuando lo necesitaban y sacrificar unas cuantas cabezas de turco para preservar su imagen y autoridad. Uribe lo hizo con varios de sus amigos paramilitares y narcotraficantes en varias ocasiones a lo largo de su mandato.  Aunque hoy por hoy esto no está planteado, y Santos y la burguesía lo que quieren es cerrar conflictos y no  abrir nuevos motivos de fricción, en una situación tan contradictoria y volátil cualquier movimiento táctico no previsto puede  tener efectos contrarios a los buscados.


Algunos analistas han planteado que el reciente atentado en Bogotá con un coche-bomba contra Caracol Radio podría tener relación con todas estas tensiones internas en el seno de la burguesía y el aparato estatal.  No es improbable que algunos de esos sectores más vinculados a las bandas paramilitares fascistas, o incluso algunos de los propios jefes de estas, decidiesen enviar un primer mensaje al resto de la clase dominante en el sentido de  que cualquier tipo de diálogo, negociación con la oposición o promesa de cambio y renovación debe contar con su aprobación y tiene límites que no pueden ser traspasados.


Sea como fuere, estos primeros problemas con los que se ha encontrado Santos y su gabinete a la hora de aplicar su nueva táctica sólo son la punta del iceberg. Todas sus promesas a las masas, en un contexto de crisis mundial del capitalismo y recrudecimiento de la lucha por los mercados mundiales que obligará a la burguesía colombiana a incrementar aún más la explotación de los trabajadores, saltarán más pronto que tarde por los aires.


Un margen de maniobra cada vez más reducido


Los capitalistas colombianos están intentando afrontar los efectos de la crisis mundial sobre una economía tan dependiente de las exportaciones como la del país vecino mediante el impulso del sector minero y energético e intentando reequilibrarse en el mercado mundial, llegando a acuerdos comerciales con la UE, e incluso con la propia China, para ampliar sus mercados y reducir la dependencia del mercado estadounidense, que la caída del dólar y las tendencias proteccionistas de la burguesía estadounidense están reduciendo. Volver a recuperar al menos una parte del mercado venezolano forma parte de esta misma estrategia.


A corto plazo y desde el punto de vista  macroeconómico, el incremento de relaciones comerciales con China y la UE y el crecimiento de las exportaciones de petróleo y carbón puede permitirles volver a presentar cifras de crecimiento del PIB positivas,  pero la realidad es que estos sectores necesitan mucha menos mano de obra y su efecto de arrastre sobre la economía productiva también es mucho menor. Además estos planes dependen en gran medida de que se recupere y crezca de manera sostenida el comercio mundial. En un contexto internacional de crisis y declive del sistema, en el que existe una crisis de sobreproducción a nivel mundial que los burgueses no han logrado ni mucho menos superar,  lo más probable es que el capitalismo colombiano se encuentre a medio plazo con más problemas aún que durante los últimos años.


Ello significa que todas las medidas económicas anunciadas (reforma laboral, del sistema educativo, de la salud,…) serán en la práctica un nuevo intento de mantener e incrementar las ganancias de los empresarios colombianos a costa de los derechos y condiciones de vida del pueblo trabajador. Los trabajadores, campesinos y jóvenes colombianos sólo pueden esperar de este nuevo gobierno más explotación, más precariedad laboral y más pobreza. El resultado será más pronto que tarde también más descontento social.


En el mejor de los casos intentarán soltar algo de lastre en alguna cuestión secundaria, pero ni siquiera esto es seguro. Más allá de la propaganda oficial, este nuevo ensayo gatopardiano del establecimiento colombiano –como todos los anteriores a lo largo de la historia del país- será un fraude. El carácter violento y profundamente represivo del estado burgués en Colombia hunde sus raíces en las características del capitalismo del país vecino, el carácter y contradicciones internas de su clase dominante, el desarrollo histórico de la lucha de clases…Una época de inestabilidad y convulsiones sociales a nivel no ya nacional sino mundial como la que hoy nos toca vivir no ayudará precisamente a que sus rasgos más brutales y represivos se suavicen.


El fallo de la Corte Suprema colombiana sobre las bases yanquis y la lucha a vida o muerte del imperialismo y las oligarquías venezolana y colombiana contra la revolución


Lo que decimos respecto a la política interior es aún más válido para la exterior, y en especial para las relaciones con la revolución venezolana. En una situación de decadencia orgánica del sistema capitalista a escala mundial, el malestar y cuestionamiento a éste que ya existe en todo el mundo tenderá a aumentar. La existencia de la revolución en Venezuela representará un punto de referencia aún mayor que hasta el momento. Ello significa que los capitalistas e imperialistas, más allá de sus dudas, diferencias y vacilaciones a corto plazo, tienen que continuar su ofensiva contrarrevolucionaria y hacer todo lo posible para acabar con el ejemplo que representa nuestra revolución. Mientras el gobierno y el aparato del estado en Colombia sigan siendo capitalistas  seguirán siendo utilizados como un estilete contra la revolución.


En distintos artículos hemos analizado en detalle el acuerdo de cesión de siete bases colombianas al imperialismo estadounidense. Más allá de la causa inmediata que  haya motivado el reciente fallo de la Corte Suprema de Justicia de Colombia declarando anticonstitucional este acuerdo, el mismo no significa en absoluto que la amenaza que representa tener bases militares estadounidenses al otro lado de la frontera y los planes imperialistas para establecer un cerco militar alrededor de la revolución venezolana hayan desparecido. El fallo es una expresión  más de todas estas divisiones tácticas en el seno de la clase dominante que hemos venido analizando y un ejemplo de la necesidad que tienen en este momento el imperialismo y las oligarquías colombiana y venezolana de mantener todas las opciones abiertas y combinar diferentes tácticas para combatir a la revolución bolivariana.


La sentencia no obliga al gobierno de Santos a anular lo firmado por Uribe sino que le deja varias opciones abiertas: mantener el acuerdo por el momento en el congelador o volver a plantearlo pero llevándolo al parlamento, donde el partido de la U junto a sus aliados del Partido Conservador tienen una mayoría clara. Esto no significa otra cosa que la burguesía y el imperialismo utilizarán la cuestión de las bases y la amenaza militar como una pistola en la nuca de la revolución, un chantaje que hoy tiene fundamentalmente el objetivo de presionar al gobierno venezolano para que frene el avance y extensión de la revolución y atemorizar a sectores de las masas y, mañana, de ser posible y necesario, les permitiría estar preparados para pasar de las amenazas a los hechos.


El que hasta ahora se hayan impuesto los sectores  del imperialismo partidarios de una estrategia más prudente no significa que esto vaya a ser así siempre. En un contexto internacional del capitalismo caracterizado por la volatilidad, la ruptura del equilibrio interno del sistema y su inestabilidad en todos los terrenos (económico, político, social…), las relaciones entre las clases y las naciones, y con ella los planes imperialistas, experimentan giros bruscos y repentinos. No sólo eso. Como también hemos explicado,  la propia burguesía puede cometer errores de cálculo, sobrevalorar sus fuerzas y meterse en un avispero cuando no está obligada a ello (como ocurrió en Irak o Afganistán). Incluso los sectores más desesperados e impacientes de la clase dominante pueden imponer su propia agenda allí donde tengan oportunidad de hacerlo a los partidarios de una táctica más paciente. Honduras fue un ejemplo y veremos más.


Las perspectivas para la revolución venezolana


En este momento, como ya hemos explicado los marxistas, la estrategia central impuesta por los sectores mayoritarios del imperialismo pasa por desgastar el apoyo a la revolución desde dentro mediante la actuación contrarrevolucionaria de la burocracia del estado y el sabotaje de los empresarios venezolanos y las multinacionales extranjeras. Estos siguen controlando un 70% del PIB y utilizan su poder económico para subir los precios, despedir a trabajadores, paralizar la producción, especular en el mercado de divisas,  


Este sabotaje capitalista se da la mano con la acción contrarrevolucionaria de la burocracia estatal. La quinta columna burocrática hace todo lo posible para mantener la estructura burguesa del estado –al mismo tiempo que habla de socialismo e incluso de marxismo- e impedir que los trabajadores y las comunidades organizadas puedan tomar realmente el poder sustituyendo el estado burgués por Consejos de Trabajadores y Comunales elegibles y revocables en todo momento, unificados a escala local, estadal y nacional en Consejos Centrales del Poder obrero y popular, donde cada funcionario público cobre el salario de un trabajador calificado y esté obligado a rendir cuentas regularmente ante quienes le han elegido, etc.


El objetivo del sabotaje combinado de los capitalistas y la burocracia es desmoralizar a las masas obreras y populares que constituyen la línea de defensa de la revolución y en cuanto les sea posible poder pasar a la ofensiva. De imponerse la política de estos sectores la revolución estaría amenazada de muerte. Esta burocracia reformista (en realidad pro-capitalista y contrarrevolucionaria) que se ha enquistado dentro del aparato estatal durante los últimos años ya está atacando a sectores de la vanguardia revolucionaria y tolerando que la justicia burguesa y los capitalistas reprimian al movimiento obrero mediante despidos, amenazas  e inclusasesinatos (como hemos visto en Mitsubishi) a los sindicatos revolucionarios. Sin embargo, el problema para ellos es que la movilización revolucionaria de las masas y la voluntad del presidente Chávez de mantenerse fiel a éstas y seguir avanzando hacia el socialismo ha impedido y descuadrado hasta el momento todos  sus planes contrarrevolucionarios.


Por si fuera poco, la crisis mundial del capitalismo y la agudización de la lucha de clases en todo el mundo echa más combustible al fuego de la revolución bolivariana. Si estuviésemos en un contexto de crecimiento económico sólido y prolongado del capitalismo y aislamiento de la revolución venezolana (como el que se vivió en Nicaragua durante la última etapa de la revolución sandinista, por ejemplo) estos sectores tendrían más fácil imponerse. Pero el contexto económico, político y social mundial levanta importantes obstáculos en el camino de los contrarrevolucionarios.


La perspectiva como decíamos anteriormente en referencia a la economía colombiana no es una recuperación sólida y sostenida de la economía mundial que permita al capitalismo  en Venezuela, Colombia o del resto de Latinoamérica encontrar algo de margen para paliar sus problemas. La última cumbre del G20 puso en evidencia la creciente lucha por los mercados a nivel internacional y la incapacidad de los capitalistas para llegar a acuerdos que les permitan recuperar el equilibrio interno del sistema.  En este “sálvese quien pueda” cada uno intenta paliar sus problemas a costa de los demás. La crisis de sobreproducción seguirá golpeando a las economías de los países más avanzados, de las que dependen en última instancia todos los demás, y acabará afectando también de forma decisiva al propio capitalismo chino, que -pese a haber mantenido su crecimiento- no tiene todavía el peso suficiente para poder suplir a EE.UU. como locomotora del capitalismo mundial.


Algunos analistas burgueses ya hablan de una posible recaída en la recesión en EE.UU y  el resto coinciden en el mejor de los casos en un escenario de estancamiento o recuperación muy débil en el que los ataques a los derechos de los trabajadores y recortes de gastos sociales continuarán. En un escenario como éste, de decadencia senil del capitalismo, crisis, revolución y contrarrevolución, guerras locales e inestabilidad… el cuestionamiento al capitalismo seguirá creciendo y la clase obrera tendrá numerosas oportunidades todavía en todo el mundo para tomar el poder.


Todo esto supone que la revolución venezolana todavía puede prolongarse un tiempo más antes de que su resultado se decida de manera definitiva. La razón es que los imperialistas y las burguesías venezolana y del resto de América Latina no han conseguido generar todavía una correlación de fuerzas que les permita derrotarla. Por otra parte, la clase obrera, que es la única que por su papel en la producción puede llevar la revolución hasta el final, tomar el poder y erigir un estado revolucionario que acabe con la propiedad capitalista de los medios de producción, el burocratismo y la corrupción, aunque tiene ya la fuerza potencial para llevar a cabo estas tareas carece todavía de una dirección con un método y un plan de acción que le permitan agrupar al conjunto del movimiento bolivariano y convertir toda esa fuerza potencial en acción. Esta es la tarea clave de la que depende la victoria o derrota de la revolución y que debemos llevar a cabo los revolucionarios que luchamos por las ideas del marxismo en el PSUV, la JPSUV y la UNETE.


¿Qué hacer?


Por muchas diferencias y contradicciones internas que haya entre los imperialistas y burgueses,  sería un gravísimo error -con consecuencias mortales para la revolución- confiar en la posibilidad de que cualquier sector de la clase dominante esté dispuesto dialogar, respetar la soberanía nacional, etc. El objetivo de todos ellos como hemos visto es acabar con la revolución venezolana. Sólo tienen diferencias acerca del mejor modo de hacerlo.


Esas contradicciones internas en el campo enemigo sólo significan que, al tiempo que debemos seguir alerta y movilizados para defender la revolución contra cualquier agresión venga de donde venga,  debemos aprovechar la actual correlación de fuerzas para acelerar la marcha y terminar el trabajo, expropiando a los capitalistas, estatizando la economía bajo control obrero y sustituyendo el actual estado burgués por un estado revolucionario dirigido por la clase obrera y las comunidades organizadas. La oportunidad que actualmente tenemos de transformar la sociedad no durará siempre. De hecho ya hemos permitido que se prolongue mucho más tiempo del necesario. Si la dirección de la revolución no acomete la expropiación política y económica de la burguesía de manera inmediata, si el estado burgués no es desmantelado y la clase obrera al frente de todos los explotados no toma el poder y construye un genuino estado revolucionario y dirige la economía y la sociedad, esa correlación de fuerzas todavía favorable que impide a los contrarrevolucionarios pasar hoy a una ofensiva frontal variará y la revolución estará en grave peligro.


Sólo la creación de un estado  basado en Consejos de trabajadores y comunales formados por voceros elegibles y revocables en todo momento y que cobren lo mismo que un trabajador cualificado puede barrer los obstáculos que hoy siguen impidiendo el triunfo definitivo de la revolución en Venezuela: la propiedad capitalista de los medios de producción y la quinta columna burocrática enquistada en el estado actual,  y resolver los problemas de las masas: empleo, vivienda, seguridad,... Dar este paso significa, se quiera o no, abrir la puerta a la extensión de la revolución a Colombia y el resto de América Latina. Renunciar a él supone conceder más margen de maniobra al imperialismo y las burguesías vecinas, empezando por la colombiana, para continuar con sus planes de minar hoy el apoyo a la revolución mediante el saboteo económico, la corrupción y el burocratismo y preparar, en cuanto lo necesiten y les sea posible, una ofensiva abierta contra la revolución.


Notas:
(1) En Colombia, el estado y la oficialidad del ejército consideran la muerte de un guerrillero como un “positivo”. Muchos positivos pueden significar ascensos y bonificaciones para los soldados y oficiales responsables. Con el escalofriante eufemismo de falso positivo se hacía referencia a la brutal práctica llevada a cabo por parte de unidades del ejército consistente en detener a jóvenes en los barrios de las grandes ciudades, asesinarlos a sangre fría y trasladarlos a zonas en conflicto para hacerlos pasar por guerrilleros caídos en combate (“positivos”).  Esta brutal práctica tuvo que ser reconocida tras la movilización y denuncias planteadas por los padres de un grupo de jóvenes desparecidos a las que se sumaron otros muchos afectados