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La revolución sandinista. Cap. V y VI: "Viento de libertad" y "¡Vencer o morir!" PDF Imprimir E-mail
Viernes, 22 de Enero de 2010 02:00

rev_sandinista_derrocado_somoza.gifEn los capitulos 5 y 6 de "La revolución sandinista", que hoy publicamos, se describe la lucha desde la derrota de la ofensiva guerrillera de 1977 hasta la toma del poder el 19 de Julio de 1979. La insurrecciòn de los jóvenes, trabajadores, campesinos y desempleados derrotá la maquinaria represiva del somocismo, que durante 43 años pareciera inexpugnable. Pese a todos los intentos del imperialismo y los dirigentes de la oposición burguesa por buscar un acuerdo con los dirigentes sandinistas que frenara la insurrección un movimiento imparable desde abajo, un tsunami de pueblo, creò milicias armadas, logrò abrir divisiones en el seno del ejército y finalmente destruyó el aparato del estado burgués y llevó al FSLN al poder.

CAPÍTULO V.- VIENTO DE LIBERTAD 

 

"...Viento de libertad fue tu piloto y brújula de pueblo te dio el norte,cuántas manos tendidas esperándote,cuántas mujeres, cuántos niños y hombresal fin alzando juntos el futuro,al fin transfigurados en sí mismos,mientras la larga noche de la infamiase pierde en el desprecio del olvido.La viste desde el aire, ésta es Managuade pie entre ruinas, bella en sus baldíos,pobre como las armas combatientes,rica como la sangre de sus hijos...” (Julio Cortázar, Noticia para Viajeros, de “Nicaragua violentamente dulce”). 

 

La ofensiva guerrillera derrotada de 1977 

Somoza había respondido a las huelgas obreras del año 1973 y a la ofensiva militar lanzada por el FSLN en diciembre de 1974 extremando la represión. El régimen utilizó como excusa las acciones guerrilleras para decretar el estado de sitio, prohibir las huelgas y manifestaciones y acosar a los sindicatos y organizaciones populares. Esta represión logró paralizar la acción de masas pero sólo temporalmente. El movimiento obrero no sufrió una derrota decisiva y la extensión del estado de sitio tuvo el efecto de incrementar aún más el rechazo al régimen en el seno de la clase obrera, preparando una nueva contraofensiva más impetuosa y decidida durante los años siguientes. Desde mediados de 1976 asistimos a un nuevo ascenso de las luchas. El ataque cardíaco que sufre el tirano en 1977 representa un nuevo punto de inflexión. La camarilla dirigente se ve obligada a abrir, de manera tan brusca como inesperada para ellos, el debate sucesorio. En el seno del imperialismo estadounidense, que hasta entonces había cerrado filas en torno a Somoza Debayle, también empiezan a oírse voces planteando la posibilidad de buscar un recambio. Esto agudiza las contradicciones en el seno de la clase dominante y envía a las masas un mensaje inequívoco: el régimen es cada vez más vulnerable. En octubre de 1977 el FSLN lanza una nueva ofensiva militar. El plan sandinista parece ser el de aprovechar las divisiones del régimen, agudizadas por la enfermedad de Somoza, y el creciente descontento social, para mediante varias acciones militares audaces (en realidad un tanto desesperadas) desencadenar un movimiento insurreccional. Sin embargo, la acción resulta prematura. La ofensiva no logra sus objetivos militares y, salvo en algún caso en que la participación es más amplia, el llamamiento a la lucha insurreccional contra el régimen sólo es secundado por los sectores más avanzados. El régimen pasa al ataque. Somoza, ufano, proclama la derrota guerrillera e incluso intenta enviar al imperialismo el mensaje de que mantiene firmemente el control levantando el estado de sitio. Pero su euforia no es más que alegría de tísico. Un factor que ayuda a que la ofensiva sandinista de octubre de 1977 sea derrotada es el rol divisionista y saboteador que desempeñarán los burgueses de la UDEL. Al mismo tiempo que el FSLN lanza su ofensiva y llama a las masas a la insurrección, la burguesía propone un gran diálogo nacional entre el gobierno y la oposición con la jerarquía de la Iglesia Católica como mediadora. Chamorro y el resto de dirigentes de la oposición burguesa antisomocista aceptan inmediatamente la propuesta. Esto crea inevitablemente confusión, en primer lugar entre los sectores de las masas más atrasados políticamente y temerosos de la represión. El apoyo al diálogo por parte de la oposición burguesa en un momento en que los sandinistas llaman a la insurgencia no es casual. Esta traición les delata. El derrocamiento de Somoza por la acción directa de las masas podría convertir a Nicaragua en una nueva Cuba. Para la burguesía y el imperialismo esto representa un peligro mortal. El diálogo es una manera de ganar tiempo e intentar aislar y debilitar al FSLN, frenando el movimiento de las masas e intentando mantener la situación bajo control. 

No obstante, la causa fundamental del fracaso de la ofensiva de octubre de 1977 es el hecho de que, pese a todo el malestar acumulado entre las masas, seguía faltando un programa y un plan de acción capaces de conquistar el poder. El momento en que se llama a la lucha; quién lo hace y con qué métodos, táctica y objetivos; la experiencia anterior que ha vivido el movimiento y sobre todo la existencia de un plan de lucha y un programa correctos resulta decisivo. El plan sandinista, una vez más, tiene como eje central las acciones militares de la guerrilla y la movilización de las masas es concebida como un apoyo a éstas. Pero los trabajadores han comprendido, a través de las batallas de los años anteriores, que no basta con querer luchar y estar hartos del régimen para vencer; hace falta unificar en primer lugar al conjunto de la clase obrera y, al mismo tiempo, a ésta con el resto de los explotados.

Es necesario preparar el ataque y diseñar una estrategia que al mismo tiempo que muestre que se puede dividir y neutralizar al enemigo, en primer lugar el ejército, permita al propio movimiento desarrollar toda su fuerza potencial. Elegir unos ejes de agitación y consignas correctas, dotarse de un método que permita superar el obstáculo que representa la dirección burguesa de la UDEL, ganar a los sectores más atrasados de las masas que puedan mantener todavía ilusiones en ella, y en definitiva, agrupar a todo el movimiento en torno a una propuesta concreta para luchar por el poder. Una lucha a medias, con objetivos parciales —o no del todo definidos— puede significar miles de muertos.  


El ejército

Las fuerzas armadas ­—a estas alturas el principal y casi único punto de apoyo del régimen somocista— no presentan todavía divisiones abiertas en su seno. El ejército tiende a ser la última línea de seguridad del sistema capitalista. El ejército somocista era, además, la niña mimada del tirano. Somoza repartía periódicamente todo tipo de prebendas y cargos entre los oficiales, especialmente los de la Guardia Nacional, para ganar su favor. Estos formaban parte de la camarilla somocista y participaban como socios en muchas de sus empresas y negocios, tanto legales como ilegales.  Desde su creación en los años treinta, la Guardia Nacional en particular era un cuerpo totalmente separado de las masas. Sus miembros vivían en urbanizaciones especiales, separados del resto de la población, y tenían acceso a privilegios y condiciones de vida impensables para el ciudadano común. Además de todo tipo de prebendas legales, la Guardia Nacional gozaba de total impunidad y era uno de los principales centros de extorsión, nepotismo y corrupción del régimen.  El único modo de quebrar el poder del ejército era presentando a la base campesina de éste un programa claro, que les diese las tierras, que ofreciese empleo, vivienda digna y en última instancia una vida diferente. Un programa que vinculase todo esto a la lucha por una Asamblea Constituyente en la que los campesinos, obreros y soldados decidiesen el sistema político y económico que debía regir el país. Junto a ello, había que impulsar el desarrollo de organismos que, empezando como instrumentos para unificar y coordinar la lucha desde abajo, pudiesen transformarse en la base del poder obrero y popular. Este punto era fundamental: llamar a los obreros y campesinos a organizarse en comités en cada barrio, centro de trabajo, etc., que les permitiera empezar a sentirse “nuevo poder”. En cuanto estos comités mostrasen su poder se contagiarían inevitablemente a los cuarteles. Para ello el FSLN debía dar un giro tanto a su estrategia como a su programa. Debía plantear que la lucha contra el régimen no podía basarse en pequeños comandos sino en las masas organizadas, en milicias obreras y campesinas dirigidas por comités y asambleas populares. A la vez, resultaba imprescindible abandonar la perspectiva de lograr un cambio de régimen sin abolir el Estado burgués y el capitalismo y defender, junto a la expropiación de todos los latifundios para repartir la tierra a los campesinos, la estatización bajo control obrero y popular de la banca y las grandes empresas con el fin de planificar democráticamente la economía y resolver los problemas de la población.  Un programa en estas líneas nunca sería aceptado por los burgueses de UDEL pero en cambio electrizaría a las masas y les daría un objetivo claro; en particular dinamitaría al ejército somocista, dividiéndolo en líneas de clase. Este programa y un llamado a conformar un frente único de todas las fuerzas revolucionarias: el propio FSLN, los sindicatos y los partidos de izquierda; hubiese aislado en poco tiempo a la camarilla somocista y a la oposición burguesa y permitido tomar el poder ya en 1977. Pero eran precisamente este programa y estrategia marxistas lo que faltaba. El heroísmo de los sandinistas y de las masas por sí sólo no era suficiente en esta etapa para llegar al poder.  

 

¿Pacto con la burguesía? 

El primer efecto de la derrota de la ofensiva de septiembre y octubre de 1977 fue agudizar temporalmente las tensiones, divisiones y desorientación en las filas del FSLN. Muchos dirigentes sandinistas, sobre todo de la corriente “tercerista”, en lugar de sacar la conclusión de que el error fue lanzar la ofensiva sin preparación suficiente, sin basarse en las masas como elemento principal, armándolas y presentándoles un plan de acción y programa que permitiese ganar, concluyen que el problema fue quedar aislados del resto de fuerzas opositoras y buscan con más ahínco una alianza con la UDEL.  Paralelamente a la ofensiva de octubre, los dirigentes del FSLN y en especial los “terceristas” habían anunciado la formación del llamado Grupo de los Doce. Se trata de doce personalidades de origen burgués y pequeñoburgués que salen públicamente apoyando las posiciones del FSLN. En este grupo, junto a militantes clandestinos del FSLN como el escritor Sergio Ramírez, participan algunos empresarios, pero incluso estos actúan más a título individual que como representantes de un sector decisivo de la clase dominante.  Con el Grupo de los Doce, los dirigentes sandinistas intentaban presentar una especie de gobierno en la sombra y competir en su propio terreno con la UDEL, enviando a la pequeña burguesía e incluso a la burguesía —así como a esos sectores del imperialismo que empezaban a marcar distancias respecto a Somoza— el mensaje de que el Frente no tenía intención de establecer ningún régimen comunista y estaba dispuesto a formar un gobierno plural con representación de la burguesía antisomocista. Los planes para buscar a través del Grupo de los Doce un acercamiento a la oposición burguesa y suavizar de ese modo la imagen radical del FSLN se intensifican. Aunque, como suele ocurrir en todas las revoluciones, puede más el pánico de los burgueses a lo que representa el FSLN que todas las promesas y llamados a la tranquilidad y la unidad de las fuerzas democráticas de los Doce. La UDEL y la confederación de empresarios, COSEP, se niegan a reconocer al Frente Sandinista y marcan distancias públicamente respecto a su programa y acciones. En realidad, la alianza del FSLN con los Doce será más una alianza con la sombra de la burguesía que con ésta como tal.  Los sectores decisivos de la burguesía ven con temor a los sandinistas y con más temor aún a las masas que les apoyan. Y no se equivocan. Sólo a partir de mediados de 1978, y sobre todo en 1979, cuando ya se enfrentan a la insurrección abierta e imparable de las masas, los partidos de oposición burguesa se verán obligados a reconocer al FSLN y ofrecerle “el abrazo del oso”: una coalición con el fin de frenar la revolución y ganar tiempo para poder evitar que la insurrección contra Somoza culmine en una revolución social que les arrebate el poder.   

 

el fracaso del diálogo Nacional

Como no podía ser de otro modo, el Diálogo Nacional es una gran estafa. El régimen somocista sólo quería el rev_sandinista_guerrilleros.jpg“diálogo” para ganar tiempo y debilitar el movimiento de masas. La aceptación de esta farsa por la UDEL le vino como anillo al dedo a Somoza para poder conseguir, al menos momentáneamente, este objetivo. Somoza y su camarilla se niegan a ceder en ningún punto decisivo y en particular en el que se ha convertido en más importante e irrenunciable para el pueblo: su salida del poder. El fracaso del Diálogo Nacional obliga a la UDEL a incrementar sus críticas al régimen. Desde las páginas de su periódico, Chamorro denuncia todas las pequeñas y grandes corruptelas de la mafia somocista. Esto ayuda a terminar de desvelar ante las masas la podredumbre del régimen y las reafirma en la necesidad de acabar con él a toda costa. Pero incluso una oposición más radical en palabras ya no es suficiente. Chamorro y el resto de dirigentes de la UDEL deben buscar públicamente un acercamiento al sandinismo para no verse desbordados por las bases populares. Éstas han visto como mientras los sandinistas luchaban (y morían) contra Somoza, ellos se sentaban a la mesa a dialogar para nada.

 La derrota de la ofensiva del FSLN de 1977 en otro contexto podría haber supuesto la derrota de la revolución. Pero el malestar en Nicaragua era tan profundo, la movilización revolucionaria de las masas y el odio a la barbarie somocista había llegado tan lejos, que la represión en lugar de hacer desistir al movimiento de salir nuevamente a la lucha provocó que éste se replegase sobre sí mismo temporalmente pero esperando el momento propicio para devolverle golpe por golpe a la tiranía. La ocasión de hacerlo no tardaría mucho en presentarse. La bomba de rabia e indignación en que habían convertido a Nicaragua 43 años de robo, represión e injusticia estaba a punto de estallar y sólo necesitaba un detonante para hacerlo. Ese detonante será, precisamente, el asesinato de Pedro Joaquín Chamorro.  

 
CAPÍTULO VI.- ‘¡VENCER O MORIR!

 

“Siempre se pensó en las masas pero se pensó en ellas más bien como un apoyo a la guerrilla, para que la guerrilla como tal pudiera quebrar a la Guardia Nacional, y no como se dio en la práctica: fue la guerrilla la que sirvió de apoyo a las masas para que éstas, a través de la insurrección desbarataran al enemigo”(Humberto Ortega, comandante del FSLN).

 

El látigo de la contrarrevolución

La revolución, y más si falta una dirección revolucionaria con un plan consciente para llevar la lucha hasta el final, necesita a veces verse espoleada por el látigo de la contrarrevolución. El asesinato de Chamorro tendrá ese efecto. En lugar de atemorizar y acallar el ambiente de oposición a Somoza —como pretendía el régimen— provoca una auténtica explosión social. “La sublevación de febrero (1978) tuvo un carácter altamente espontáneo (…). El Frente Sandinista no condujo, no dirigió orgánicamente la lucha del pueblo en las acciones mismas, y en el inicio de éstas, más que una decisión de la vanguardia fue una acción vital de una comunidad que espontáneamente revalidaba su tradición de lucha”, explicará el comandante del FSLN, Humberto Ortega (C. M. Vilas, Perfiles de la revolución sandinista). Lo mismo encontramos en los testimonios de muchos participantes en la lucha. “Yo empecé a participar después de la muerte de Pedro Joaquín. Antes los que participaron, pues, uno no los conocía (…) No había estas masas de ahora... todo esto. Esto empezó con la muerte de Pedro Joaquín. Ya, pues, era un agigantamiento, fue entonces cuando la gente ya no tenía miedo, una manifestación tras otra, hasta quemaron casas y fábricas y todo” (Vilas, Op. cit.).  

 

La discreta oposiciónde la burguesía

“El asesinato de Pedro Joaquín Chamorro —para acallar las denuncias de la corrupción somocista que efectuaba desde su diario— aceleró las cosas para la burguesía. El Consejo Superior de la Iniciativa Privada (COSIP) llamó a una huelga nacional para obtener de la dictadura el esclarecimiento del crimen, el objetivo real era más bien conseguir, a través de la paralización económica, la salida del dictador mediante su renuncia o por la vía de un golpe militar. El empresariado se adhirió ampliamente a la convocatoria y para asegurarse el imprescindible concurso de los trabajadores optó por pagar los salarios devengados durante el paro. Pero cuando después de tres semanas ni Somoza había renunciado ni el golpe militar había tenido lugar y el costo de la medida era ya gravoso la propia burguesía optó por dejarla sin efecto y normalizar su actividad” (Vilas, Op. cit.).  La actitud timorata de los empresarios contrasta vivamente con la de los trabajadores y campesinos cuya lucha contra Somoza había costado miles de vidas y se prolongaba desde hacía años. Tras no conseguir sacar a Somoza con el paro ni convencer a los militares ni al imperialismo de que lo hiciesen, entre muchos empresarios nicaragüenses que habían participado en el paro cundió el pánico. Las fugas de capitales aumentaron espectacularmente. Por otra parte, reflejando la presión existente por abajo y el intento de distintas figuras burguesas y pequeñoburguesas de situarse en el mapa político de cara al futuro, surgen nuevas organizaciones burguesas de oposición. En marzo de 1978 se funda el Movimiento Democrático Nicaragüense (MDN), grupo burgués liderado por el presidente de la confederación de empresarios, Alfonso Robelo. Durante los dos años siguientes, Robelo sorprenderá a propios y extraños utilizando un lenguaje demagógico que habla de revolución nacional, justicia social, etc. El MDN representa el intento de un sector de la burguesía de buscar un recambio a Chamorro y competir con el FSLN, que cada vez más se convierte en un símbolo para las masas. Y no solamente para la clase obrera y los campesinos sino para amplios sectores de las capas medias que giran brusca y rápidamente a la izquierda. Dos meses después, el MDN junto a la UDEL (que sigue aglutinando a la mayoría de los partidos burgueses de oposición, el PSN y sindicatos como la CTN socialcristiana, la CGT-i y la CUS, surgida de algunos movimientos cristianos de base) constituyen el Frente Amplio Opositor (FAO). El programa de gobierno del FAO plantea la reorganización del ejército burgués somocista, la separación de éste y la policía, la prohibición de que civiles puedan ser juzgados por tribunales militares, la derogación de las leyes represivas, la libre organización sindical y popular y elecciones libres. Además, el programa incluye la promesa de erradicar la corrupción y llevar a cabo una reforma agraria, pero sin especificar ni contenidos ni pasos concretos.  En un primer momento, los Doce se integran en el FAO en un intento de unificar todas las fuerzas de oposición a Somoza. Pero una vez más la burguesía se niega a reconocer al FSLN e intenta aguar aún más el programa opositor. Los Doce se retiran y crean junto al Frente Sandinista, el Movimiento del Pueblo Unido (MPU). El MPU significa, en la práctica, un giro a la izquierda por parte de los dirigentes sandinistas, reflejando la radicalización general existente entre las masas.  El MPU nace como un frente de organizaciones sindicales y políticas de izquierda que, en respuesta a la agenda política burguesa del FAO, defiende no reestructurar sino abolir el ejército somocista y sustituirlo por un ejército revolucionario. Un “Ejército Defensor de la Soberanía Nacional”, en homenaje al heroico ejército de Sandino. Además, el MPU plantea la confiscación y nacionalización de las propiedades somocistas, así como la estatización de los recursos naturales y las empresas que los explotan y del transporte aéreo, marítimo y colectivo urbano. La propuesta de reforma agraria plantea limitar la propiedad terrateniente y estatizar los latifundios ociosos. El programa del MPU incorpora asimismo distintas propuestas de reformas a la legislación laboral. Este programa está menos a la izquierda que el Programa Histórico del FSLN, propuesto en 1969 por Carlos Fonseca, y de lo que el movimiento necesita, pero sigue siendo un programa inaceptable para los burgueses del FAO.  

 

El imperialismo, dividido 

Ante el ascenso de la revolución en Nicaragua, que coincide además con un proceso de radicalización similar en el vecino El Salvador, incluso sectores del imperialismo y la burguesía que hasta ese momento habían apostado por Somoza como mal menor empiezan a buscar nuevas posibilidades.  

jimmy-carter-.jpgEn enero de 1977 había asumido el gobierno de EEUU el demócrata Jimmy Carter. Carter inicia su mandato intentando marcar distancias respecto a gobiernos anteriores y prometiendo diálogo y respeto hacia los derechos humanos en lugar de golpes de Estado y apoyo a dictaduras. Los sectores del imperialismo y la burguesía que ven con más temor la situación en Nicaragua (y en toda Centroamérica) y apuestan por buscar algún tipo de acuerdo entre todos los sectores de la burguesía nicaragüense para pactar una sucesión controlada de Somoza encontrarán en Carter un aliado.  Sin embargo, pese a los intentos de Carter y otros sectores del imperialismo por forzar la búsqueda de un recambio a Somoza la posición que se impone, al menos hasta que ya resulta insostenible, sigue siendo la de apoyarse en éste y esperar acontecimientos. Como vemos hoy con Obama, una cosa son los deseos y promesas del inquilino de la Casa Blanca y otra cosa el margen de maniobra que la lucha de clases y los intereses del propio imperialismo le conceden.  Sectores de la burguesía estadounidense y de la superestructura imperialista (CIA, Pentágono, etc.) tienen vínculos muy estrechos con la camarilla somocista, incluso negocios e intereses comunes. Otro sector del imperialismo ha llegado a la conclusión de que es necesario dar un giro de 180 grados, romper abiertamente con Somoza y apoyarse en la oposición burguesa para intentar “salvar los muebles”. Estas divisiones se acentuarán de manera importante a lo largo de 1978 y todavía más durante los últimos meses del régimen: de enero a julio de 1979.  

 

Los gobiernos burgueses ‘amigos’ y la extensión de la revolución 

Paralelamente, a lo largo de 1977 y sobre todo en 1978 y 1979 distintos gobiernos burgueses latinoamericanos comienzan a apostar también por un cambio de fachada en Nicaragua que evite el derrumbamiento de todo el edificio burgués. La extensión y radicalización de la lucha contra el somocismo y la sangrienta respuesta de éste, como ya ocurriera en los años 30 con la lucha de Sandino contra la ocupación estadounidense, despierta la solidaridad de millones de personas en todo el mundo y especialmente en América Latina.  Estamos además en un contexto internacional de recuperación de las luchas obreras y populares. Tras décadas de crecimiento económico el sistema capitalista mundial ha sufrido una grave recesión en 1973-74 cuyos efectos sobre las condiciones de vida de los trabajadores y campesinos están siendo devastadores. Las consecuencias políticas y sociales de la crisis económica no se hacen esperar. En 1974 había estallado la Revolución de los Claveles en Portugal; en 1975 muere el dictador Franco en el Estado español y se abre una situación prerrevolucionaria que sólo la política de colaboración de clases de los dirigentes del PSOE y del PCE conseguirá descarrilar; en muchos países europeos se experimenta un ascenso de las luchas obreras sin precedentes desde los años 30 y en las organizaciones de masas de la clase obrera surgen distintas corrientes de izquierda. En Sudáfrica la clase obrera negra protagoniza la heroica lucha contra el apartheid y en Irán una revolución obrera clásica —que los errores de la izquierda y la demagogia reaccionaria de los mulás podrán después desviar— derriba al Sha. La oleada revolucionaria que marcara el inicio de la década en Latinoamérica se había saldado con el aplastamiento sangriento de la revolución chilena y las derrotas de los procesos revolucionarios en Argentina, Uruguay, Perú o Bolivia. Aún así, la incapacidad del sistema para garantizar unas mínimas condiciones de vida a las masas crea inestabilidad permanente y nuevas oportunidades revolucionarias y movimientos de masas en diferentes países latinoamericanos y del Caribe.  En los propios Estados Unidos, Jimmy Carter había sido elegido prometiendo algunas medidas sociales contra la crisis económica y un cambio de estilo tras la derrota de Vietnam. Sin embargo, las promesas de 1976 de Carter se habían transformado ya en 1978 en descrédito y una creciente impopularidad. En la política interna, la necesidad de aplicar medidas que recuperen la tasa de beneficios capitalista le obliga a cargar el peso de la crisis sobre los trabajadores y desdecirse de muchas de sus promesas. En la política exterior enfrentará el ascenso revolucionario en Nicaragua y otros países centroamericanos, o en el propio Irán. Todas sus promesas de diálogo y “compromiso con los derechos humanos” se estrellarán contra el muro de la necesidad de los sectores decisivos de la clase dominante en EEUU de impedir que esas revoluciones en marcha puedan convertirse en ejemplo y referente mundial. Las reuniones y movimientos diplomáticos del imperialismo estadounidense, de los gobiernos de países vecinos como Costa Rica o Panamá, de Venezuela, Colombia, México,... e incluso de los dirigentes de la socialdemocracia europea serán constantes en los años 1978 y 1979 con el fin de intentar desactivar la situación revolucionaria en Nicaragua. Se trata de buscar algún tipo de acuerdo que permita o bien un gobierno de coalición entre sectores del somocismo y la oposición burguesa, o bien —cuando lo anterior ya resultase totalmente imposible porque el pueblo no lo aceptaría— una salida pactada de Somoza que posibilite sustituirlo por un gobierno confiable para la burguesía. Pero el problema es que por más que lo intentan resulta imposible un acuerdo que pueda contentar a la vez a todos los sectores de la clase dominante y el imperialismo y a las masas. Las divisiones producidas en la burguesía nicaragüense, latinoamericana y mundial a finales de los años 70 se han dado en el seno de los explotadores en todas las revoluciones. Un sector cree que si no se cede en nada ante la presión de las masas el movimiento se puede radicalizar y desembocará en una revolución social. Otro que, si se cede, eso transmitirá una imagen de debilidad y animará al movimiento y desatará precisamente la revolución que se pretende impedir. El problema para la burguesía es que ambos tienen razón.  

 

‘Mejor morir peleando que morir de rodillas pidiendo clemencia’ 

En medio del proceso de radicalización de las masas, el Frente Amplio Opositor (FAO), encabezado por los dirigentes de los partidos burgueses de oposición, vuelve a convocar en septiembre de 1978 una huelga nacional. El objetivo es hacer una demostración de fuerza limitada que obligue a la dictadura a negociar su salida y fortalezca la posición del sector del imperialismo estadounidense y los gobiernos burgueses latinoamericanos que están proponiendo un recambio para Somoza. Dentro del FSLN las divisiones entre los partidarios de participar dentro del FAO supeditándose a la mayoría burguesa de éste —encabezados por el sector mayoritario, los “terceristas”— y aquellos que defienden la necesidad de que el FSLN lidere su propio frente de masas, continúan y sólo serán superadas cuando el propio movimiento insurreccional de las masas solucione el debate por la fuerza de los hechos.

rev_sandinista_marcha_masiva.jpg

Las masas toman la convocatoria del FAO con las dos manos pero desbordando tanto los objetivos conciliadores como el tipo de huelga controlada que querían los dirigentes burgueses. Todo se acelera. Los trabajadores del sector salud, más de 12.000 a escala nacional, llevaban varias semanas de huelga y se enfrentaban a la militarización de los hospitales por parte del gobierno. A finales de septiembre, es abortado un intento de golpe de Estado contra Somoza en el seno del ejército encabezado por el general Bernardino Larios. El FSLN llama a la insurrección y en varias ciudades se producen enfrentamientos masivos entre las masas y el ejército que culminan con la toma popular de varias de ellas. El régimen llega a responder incluso con bombardeos y ataques aéreos contra las zonas liberadas. Los trabajadores, los desempleados, etc., levantan barricadas y en no pocos casos se las arreglan para conseguir armas y construir desde la nada milicias populares precariamente armadas pero invencibles a causa del arma más poderosa de todas: su inquebrantable moral revolucionaria y fe en la victoria. En el ejército, ahora sí, empiezan a abrirse fisuras que el régimen ni puede ni sabe cómo cerrar. Algunos testimonios recogidos en varias entrevistas a participantes en el estallido revolucionario dan idea de hasta qué punto las masas habían roto los diques de la inercia y el miedo y estaban dispuestas a llegar hasta el final, sin importarles las consecuencias. La consigna sandinista “¡Patria Libre, vencer o morir!”, inmortalizada por el cantautor Carlos Mejía Godoy en el Himno del Frente Sandinista, para centenares de miles de personas había dejado de ser una frase y se había convertido en carne de su carne y sangre de su sangre.“Yo le decía a mi tía: Si a mi me permitieran pelear así (embarazada) yo peleo, porque de todos modos si me quedaba en la casa me mata una bala o un roquet o una bomba, pues, de todos modos me muero.” (…) “Yo entré al frente debido a que pensaba que íbamos a morir nosotros como pendejos.” (…) “Nos despedimos de nuestras esposas, hermanas y madres con lágrimas en los ojos pensando que ya no regresaríamos, pero pensando siempre que mejor morir peleando que morir de rodillas pidiendo clemencia” “Yo les dije a mis chavalos que mejor se metían en el frente porque si no, de todos modos la guardia me los mataba, por ser jóvenes no más, figúrese” (citados en Perfiles de la revolución sandinista). Cuando un gobierno y un Estado, no importa el poder que haya acumulado en el pasado ni lo reaccionarios y degenerados que puedan ser sus cuadros dirigentes, se enfrentan a millones de personas que han sacado conclusiones como éstas sus días están contados. 

 

Los últimos movimientos de la burguesía 

En febrero de 1979 el FSLN lanza la idea de crear el Frente Patriótico Nacional (FPN), que incluye, además de al propio Frente Sandinista, al MPU y a Los Doce, a algunos partidos burgueses desgajados del FAO, así como a la Confederación de Trabajadores de Nicaragua (CTN) y a una agrupación sindical de extrema izquierda: el Frente Obrero. El FPN se declara en contra de cualquier injerencia extranjera, en clara referencia a la negociación auspiciada por el gobierno de los EEUU entre la dictadura y los dirigentes burgueses de UDEL, MDN, etc., que se mantienen agrupados en el FAO. Finalmente, la burguesía nicaragüense no tiene más remedio que aceptar el hecho incontrovertible de que el movimiento insurreccional de las masas les ha desbordado y los únicos que pueden encauzar esta insurrección son los dirigentes sandinistas. Tras varios años negándose a aceptar al FSLN en cualquier negociación o frente opositor no sólo abren negociaciones con sus dirigentes sino que aceptan constituir un frente común y les reconocen como una fuerza legítima de oposición. Los gobiernos burgueses “amigos” del continente también reconocen al FSLN como organización beligerante, lo cual significa que ciudadanos de estos países pueden organizar actos de solidaridad con el mismo, participar en sus actividades, apoyarle económica y políticamente, etc. El presidente estadounidense da su apoyo públicamente a las negociaciones para buscar una salida pacífica y democrática en Nicaragua, al mismo tiempo que el Departamento de Estado hace preparativos para una posible intervención militar. En junio de 1979, un mes antes de la toma del poder por parte del FSLN, el gobierno estadounidense propone en la OEA la creación de una fuerza americana que intervenga militarmente en Nicaragua. Evidentemente, el objetivo es evitar la toma del poder por parte del Frente Sandinista de Liberación Nacional. Pero la presión popular en los distintos países latinoamericanos a favor de los sandinistas es tal que, pese a todas las maniobras y presiones imperialistas, la propuesta será desestimada. Como muchas veces hemos explicado los marxistas, el imperialismo no es un demiurgo capaz de hacer su voluntad y aplastar a cualquiera que se le enfrente. Su poder tiene límites. El más importante de ellos es el movimiento revolucionario de las masas. En este caso, las masas en Nicaragua —una vez despertadas a la lucha y convencidas de que era posible una vida diferente— estaban dispuestas a todo. Además, su movimiento contaba con las simpatías y el apoyo activo de los oprimidos en todo el mundo, empezando por los países vecinos. En los propios Estados Unidos el ambiente que predominaba entre los trabajadores era el de rechazar nuevas aventuras militares ya que el trauma de la derrota en Vietnam estaba todavía muy reciente.   

 

Un tsunami de pueblo 

Los jóvenes, campesinos y trabajadores nicaragüenses —como hoy vemos en Honduras— contra viento y marea, sin programa y enfrentando la represión del aparato del Estado, se habían mantenido en la calle durante meses sin que nada ni nadie fuese capaz de hacerles bajar la cabeza. Cada vez más, la represión se convertía en su contrario: en lugar de atemorizar a las masas y dispersar su lucha las radicaliza y cohesiona, incrementando su odio al régimen.  La represión al finalizar una misa por Pedro Joaquín Chamorro en los pueblos de Monimbó y Masaya, y una movilización con motivo del 45 aniversario del asesinato de Sandino, respectivamente, inician lo que ya no puede ser considerado como la ofensiva de un grupo guerrillero sino como una auténtica insurrección popular armada que, en la práctica, tiende a fusionar e incluso someter las acciones guerrilleras a la acción directa de las propias masas en lucha por el poder.  

rev_sandinista_comandante_cero.jpgLa toma del Palacio Nacional por el FSLN en octubre de 1978 ante las cámaras de TV obligando a la dictadura a liberar a varios presos políticos envía un nuevo mensaje de fuerza y confianza a todo el movimiento y muestra hasta qué punto el régimen somocista es ya una fruta podrida a punto de caer. La acción guerrillera dirigida por el famoso “comandante cero” del FSLN, Edén Pastora, da el pistoletazo de salida a la ofensiva definitiva de las masas animando decenas de insurrecciones espontáneas en distintos pueblos y ciudades. “La acción del palacio (…) llevó a insurrecciones parciales espontáneas como la de Matagalpa y ésta a su vez motivó aún más a las masas, lo que las llevó a prácticamente un desbordamiento natural. Ante esa situación nosotros dijimos: si dejamos el movimiento solo, sin conducción, el enemigo lo va a masacrar y va ser difícil recuperar después el ánimo, la moral de lucha para más adelante, hay que ponerse al frente de esa decisión...” (Humberto Ortega, en C. M. Vilas, Perfiles de la revolución sandinista).  

Varios testimonios recogidos por Carlos M. Vilas en septiembre de 1980 en las ciudades de Matagalpa y Managua muestran cómo muchos jóvenes salen a la lucha tanto en septiembre de 1978 como en junio y julio de 1979 reclamándose del FSLN pero sin tener en realidad vinculación orgánica con el Frente e incluso sin conocer a ningún miembro del mismo. Una anécdota relatada por ese mismo autor en su libro es reveladora del ambiente existente. Tan pronto como se supo de la insurrección en Monimbó, el FSLN destacó a varios de sus cuadros para consolidar el movimiento. Estos cuadros lograron atravesar el cerco que la Guardia Nacional había tendido, pero fueron detectados por las patrullas de autodefensa que la propia población había creado y hechos prisioneros. Sólo fueron puestos en libertad y pudieron reintegrarse a la lucha política cuando la población confirmó que efectivamente eran miembros del FSLN y no infiltrados. La anécdota, además de mostrar cómo se autoorganizaban las masas en lucha, refleja el imparable avance y extensión de la insurrección desde abajo, como un tsunami imparable de pueblo en marcha. La insurrección fue sobre todo urbana. Sus protagonistas principales fueron los jóvenes: estudiantes, desempleados, proletarios y semiproletarios; esas masas a las que el capitalismo negaba cualquier futuro y únicamente ofrecía un presente de barbarie y degradación, esas masas que —expulsadas del campo durante las décadas anteriores— se hacinaban en los barrios de Managua y otras grandes ciudades. Un estudio realizado en 1981 sobre una lista de participantes en los últimos meses de lucha contra la dictadura somocista arroja un cuadro bastante aproximado de la composición de clase de la insurrección: estudiantes, el 29%; gentes de oficio (artesanos, transportistas, mecánicos, carpinteros, zapateros, fontaneros, hojalateros, etc.), el 22%; obreros y jornaleros, 16%; empleados y oficinistas, 16%; técnicos, profesionales y maestros, 7%; pequeños comerciantes o buhoneros, 5%; campesinos y agricultores, 4,5%.

 

La victoria 

Como muestran las citas y datos que anteriormente hemos dado, lo que ocurrió en Nicaragua en 1979 no fue —como a veces se ha intentado presentar— la toma del poder por parte de un grupo de activistas guerrilleros al margen de las masas sino un pueblo entero en acción, derribando en unas semanas el aparato estatal cuidadosamente construido durante décadas por la clase dominante, y haciéndose cargo del poder. La intervención directa de los jóvenes, los trabajadores y los campesinos destruyó totalmente el aparato del Estado burgués y las masas tomaron el poder poniendo al frente del gobierno a los únicos dirigentes que en virtud de su honestidad y su lucha durante décadas habían ganado su respeto y reconocimiento: los líderes de la guerrilla.  Sin la entrada en escena de las masas, la guerrilla —dividida y con sólo 500 efectivos en 1975 y no más de 1.500 poco antes de tomar el poder— habría sido masacrada. Como reconoce el comandante del FSLN Humberto Ortega en la cita con la que abrimos este capítulo: “La verdad es que siempre se pensó en las armas pero se pensó en ellas más bien como un apoyo a la guerrilla, para que la guerrilla como tal pudiera quebrar a la Guardia Nacional, y no como se dio en la práctica: fue la guerrilla la que sirvió de apoyo a las masas para que éstas, a través de la insurrección desbarataran al enemigo” (Humberto Ortega, citado por Vilas, p. 189). Los testimonios de los participantes en la insurrección señalan la misma idea: “La lucha de nosotros era la lucha de todo el pueblo. Sólo creíamos en el Frente Sandinista de Liberación Nacional. Nosotros nunca vimos combatiendo a esos burgueses que ahora dicen que son de los Derechos Humanos. Nosotros nunca vimos a nadie más que a nuestros hijos, que eran y son el frente”. “Para ese entonces ya sabíamos que andaba por aquí el Frente Sandinista, pero había quienes nos imaginábamos que iban a venir aquí en columnas o algo así. Fue hasta después que nos dimos cuenta de que el Frente éramos nosotros, que ellos iban a orientar pero que éramos nosotros al lado de ellos los que teníamos que luchar. Ese día comenzamos a participar todos en la lucha. Me acuerdo que nos pusimos todos a alzar barricadas para que no entrara la guardia, pero el problema era que no teníamos armas, pero eso no importaba. Nosotros decíamos: ‘O triunfamos o nos matan a todos”. 

El 10 de junio el FSLN llama a la huelga general. Ésta se convertirá en una gigantesca demostración de fuerza. La caída del régimen era sólo cuestión de tiempo y ya estaba claro para todo el mundo que la única organización reconocida por las masas y con capacidad real para constituir un gobierno alternativo era el FSLN. El día antes, 9 de junio, la dirigencia sandinista había presentado lo que ya podía ser considerado como un programa de gobierno, “El Programa de Reconstrucción Nacional”, y proclamado un nuevo gobierno: la Junta de Gobierno para la Reconstrucción Nacional (JGRN).

rev_sandinista_otra_marcha.jpgLos partidos burgueses de oposición comprenden su derrota y no sólo se ven obligados a reconocer a la JGRN sandinista como nuevo gobierno sino que dos de sus principales representantes formarán parte de la misma y varios serán ministros. El 24 de junio el Frente Amplio Opositor (FAO) da su apoyo y reconocimiento público a la JGRN. Tres días más tarde lo hace la confederación empresarial. Durante todo el mes de julio de 1979, la movilización revolucionaria de las masas en la calle se encargará de arrasar, uno tras otro, los últimos obstáculos que la camarilla somocista y la oposición burguesa intentan colocar en su camino. A última hora, cuando ya no le queda otro remedio, hasta el imperialismo USA acepta formar un gobierno de transición con presencia de los hasta entonces denostados guerrilleros sandinistas. El plan de Carter y del embajador William Bowlder es constituir una junta formada por comandantes del FSLN, miembros de la oposición burguesa a Somoza y mandos del ejército somocista. El objetivo, dejar la situación política del país lo más atada posible, maniatar a los sandinistas y paralizar la acción de las masas. 

Inicialmente todos aceptan, pero el plan que tan cuidadosamente habían tejido Carter y su emisario (reflejando la debilidad objetiva en que se encuentra la burguesía) se rompe antes de ser anunciado. El sustituto de Somoza, Urcuyo Maliaño, se niega a entregar el poder. El Frente Sandinista intensifica el llamado a la insurrección y el nuevo representante de la camarilla palaciego-militar somocista no dura ni 48 horas en el gobierno antes de salir corriendo del país. El 19 de julio, en un ambiente electrizante de fiesta, los comandantes del FSLN entran en las calles de Managua y son recibidos por una marea humana desbordante de júbilo. La revolución ha triunfado.

Uno de los aparatos represivos más sanguinarios de la historia latinoamericana y que se había mostrado más inconmovible quedó absolutamente paralizado, convertido en un juguete roto por la acción revolucionaria de las masas. Lo que dos paros empresariales e incluso decenas de ofensivas militares de la guerrilla no habían logrado lo consiguió la lucha de los obreros, campesinos y jóvenes nicaragüenses. Esta lección quedará grabada a sangre y fuego en la conciencia de las masas.